The Other Side of Cuba’s Prisoner Release

Thursday, July 15th, 2010

Frank Calzon

Read this article in America’s Quarterly

Havana’s announcement last week that it will release 52 political prisoners does not address the fate of its other such captives.

The announcement by Havana that it would release five political prisoners “who would travel to Spain with their families,” and another 47 during the next three or four months, has been credited to efforts by Spanish Foreign Minister Miguel Ángel Moratinos and Cuba’s archbishop, Cardinal Jaime Ortega.

But neither Cardinal Ortega, nor Minister Moratinos would have had any possibility of “negotiating” the prisoners’ release, if it were not for the willingness of the Cuban opposition to continue its struggle despite harassment, beatings, imprisonment, and even death. And it remains to be seen what happens when prisoners to be released insist on staying on the island.

Foremost among the real heroes who pressured the regime to release prisoners was a 42-year-old Afro-Cuban bricklayer, Orlando Zapata Tamayo. As a political prisoner, Zapata shook the world with a hunger strike which, after the regime denied him water for several days, ended in his death. Free Cubans outside the island called on the world to denounce the crime in Havana. In turn, governments, human rights organizations and international leaders asked the Castros’ government to release political prisoners and prestigious foreign media reported on the situation. The coverage got to Raúl Castro, who blamed it, and the humanitarian appeals, on the CIA, saying that the international attention was a “media war against the revolution.”

Havana needed to do something. Its decision: release the remaining prisoners of the 75 that went to jail in 2003.

But the release does not free all political captives, which is estimated by some as more than 200 and by Freedom House as 167. The Cardinal, Moratinos and the Cuban government have yet to make any reference to their fate. Discussions have also yet to focus on eliminating from Cuba’s penal code such crimes as “dangerousness” (if the government thinks you are dangerous it sends you to jail), “enemy propaganda” (the possession of books on political transitions around the world or of such classics as George Orwell’s Animal Farm) or “economic crimes” such as the selling of poultry or vegetables by peasants outside the government structures.

In brief, Raúl Castro was angered by the opposition’s growth and steadfastness, and by the international attention they and Cuba’s human rights situation received. His solution: release prisoners in a way that would make it possible for Moratinos to claim Spain’s business as usual approach with Cuba brings results. At the same time, the discussion with the Church allows the regime’s supporters abroad to counsel patience and to claim that significant changes have taken place.

As for U.S.-Cuban relations, Raúl’s move helps the regime because it provides some ammunition to those in the U.S. Congress trying to soften U.S. sanctions. An easing of the sanctions would help a Cuban government that is broke and hopes the lifting of the tourist ban would bring millions into its empty coffers.

Minister Moratinos made it clear that he intends to use the release of the prisoners to convince the European Union to end its “Common Position on Cuba,” which is predicated on holding talks with the government and the opposition, and the implementation of significant political reforms. Havana has decried the “Common Position,” labeling it an outside interference in its internal affairs.

So in an Orwellian turn of hand, the regime, with Madrid’s assistance, does not see the release of the prisoners—all prisoners of conscience who should not have been in prison for seven years in the first place—as the beginning of the serious reforms requested by world leaders such as President Barack Obama, Chancellor Angela Merkel, former President Václav Havel, and former President Óscar Arias. Instead, this move is the opposite: the final act in the complete isolation of the Cuban opposition.

July 14, 2010

Pensando en Cuba y en el Cardenal

Monday, July 12th, 2010

Por Frank Calzón*

Que bonito hubiera sido que el cardenal Jaime Ortega Alamino además de haber compartido con el ministro español Miguel Angel Moratinos y con Raúl Castro hubiera visitado a Reina Tamayo en su humilde hogar de Banes, para abrazarla, decir una oración con ella y decirle “la muerte de su hijo” no ha sido en vano.

Que bueno hubiera sido que en el camino a Banes, el Cardenal-Arzobispo de La Habana hubiera visitado aunque solo por unos minutos a Guillermo Fariñas para en nombre de la Iglesia y de todos los cubanos agradecerle sus sufrimientos.

Y que bueno hubiera sido si el Cardenal no se hubiera prestado a la infamia de Raúl Castro de desterrar a España a los presos políticos. El destierro para cualquier ser humano es un castigo terrible porque lo desarraiga de la tierra donde nació y a los cubanos les recuerda las arbitrariedades de los capitanes generales españoles del tiempo de la colonia que desterraban a Ceuta a los patriotas cubanos independistas.

La decisión de Raúl Castro, excarcelando a los cinco y prometiendo la excarcelación de otros 52 durante los próximos tres o cuatro meses, no tiene nada que ver con el inicio de reformas en la isla: lo que el hermanísimo quiere es darle oxígeno a la fracasada gestión de Madrid encaminada a conseguir el levantamiento de las sanciones europeas en contra del régimen.

Pero por mucho que sean los aplausos de los acólitos de Raúl, los grupos de derechos humanos alrededor del mundo no han caído en la trampa. José Miguel Vivanco de Human Rights Watch declaró claramente al Washington Post que la noticia era buena, pero que no había que felicitar a la dictadura, porque esos hombres no tenían que haber estado en prisión, ya que el delito por el que fueron condenados – criticar al gobierno, no es punible en ninguna sociedad civilizada.

En una nota de su blog titulada “El Avión de Moratinos,” Yoani Sánchez la bloguera cubana reconocida internacionalmente dice que la aeronave del ministro español, por muy grande que sea, no es lo suficiente para llevarse de la isla siquiera una parte sustancial de los que desean el fin de la dictadura.

Por muy asustado que esté el General Raúl, y por muy dispuesto que esté el presidente José Luis Rodríguez Zapatero a ayudarlo, la oposición que según Fidel Castro son “grupúsculos al servicio de los Yankees,” no se limita a los presos políticos, y a sus familiares. La oposición democrática se encuentra ya en las calles y en cada provincia de la isla y es un espejo de la población cubana: muchos cubanos de la raza de color, muchos jóvenes, habitantes de la ciudad y del campo, periodistas independientes, médicos, abogados, intelectuales, sacerdotes, etc.

La oposición activa y el resto de los cubanos saben quien es Raúl Castro, y quien es Miguel Angel Moratinos; y muchos de ellos le dan la bienvenida a las filas de los que han defendido vigorosamente el derecho de los cubanos a decidir su propio destino por más de medio siglo al Arzobispo de La Habana.

El momento es crítico. Muchos gobiernos democráticos, incluyendo el de Barack Obama, insisten en la necesidad de reformas sustanciales. Que bueno sería si el Cardenal insistiese como lo hicieron en su día los obispos polacos que la Iglesia debe ser parte de las negociaciones, pero que es fundamental que participen otros elementos de la sociedad cubana: los presos políticos, jóvenes oficiales de las fuerzas armadas, periodistas independientes, miembros de la Unión de Jóvenes Comunistas, intelectuales, representantes de los sindicatos obreros clandestinos y otros.

*Frank Calzón, Director Ejecutivo del Center for a Free Cuba (Centro Para una Cuba Libre), Washington, D.C.

El cardenal, Moratinos y los presos políticos

Friday, July 9th, 2010

Frank Calzón

Moratinos fue a La Habana a buscar argumentos que presentar a los europeos para que levanten las sanciones en contra del régimen. Los presos son una ficha que el ministro tratará de jugar no en beneficio de la libertad sino de la dictadura.

El aparato de propaganda y desinformación de la dinastía castrista acaba de anotarse un tanto con las declaraciones del cardenal cubano Jaime Ortega Alamino anunciando que después de reunirse con el general Raúl Castro y con Miguel Ángel Moratinos, ministro español de Asuntos Exteriores, cinco ex presos políticos serán excarcelados y “podrán salir en breve para España en compañía de sus familiares.”

Que dicho de otra manera es que cinco presos políticos, encarcelados injustamente en el 2003, serán excarcelados y desterrados a España, una medida a la que no se atrevió ni siquiera el odiado dictador Batista; y que les recuerda a los cubanos los destierros de los patriotas cubanos a Ceuta y Chafarinas ordenados por los capitanes generales españoles en el siglo XIX.

Aunque todos nos alegramos cuando cualquier déspota excarcela a algunos cautivos, el papel del ministro de Exteriores es muy lamentable. El Gobierno de José Rodríguez continúa dándole prioridad a ayudar al régimen que desgobierna a la isla por más de medio siglo, porque, como ha declarado el señor Moratinos, su misión más que humanitaria está dirigida a conseguir el levantamiento de las sanciones europeas en contra de la tiranía castrista.

La excarcelación de los cinco, y la de otros 47 “en un periodo de tres o cuatro meses “, se anuncian en el momento en que el Gobierno de Madrid ya no preside la Unión Europea, donde fracasaron sus esfuerzos para suavizaran la política europea hacia La Habana. La nueva gestión de Moratinos tiene además la ventaja para Raúl Castro de contrarrestar lo que el hermanísimo ha denunciado como “guerra mediática”; es decir, la atención en aumento de la prensa internacional y de gobiernos democráticos por la represión, la crueldad y la miseria que sufren los cubanos.

Pero aunque la dictadura tiene que agradecerle al cardenal Ortega Alamino y al ministro de Zapatero que el clima internacional le sea menos hostil, por otro lado no todo el mundo está dispuesto a batir palmas. Como ha dicho al Washington Post José Miguel Vivanco de la organización Human Rights Watch, los cautivos de los Castros, “son gente cuyo único crimen es que no están de acuerdo con el gobierno”; “no vamos a felicitar a un gobierno que decidió encarcelar a personas que no deberían haber estado en prisión”.

Sea como sea, y cualquiera que haya sido la razón de su abrazo con el sanguinario Raúl Castro, hay que agradecerle a Moratinos la parte que haya tenido en la excarcelación de los cubanos, aunque hay que preguntarse por qué Moratinos, que según fuentes diplomáticas tiene mucha influencia con el general cubano, no le insistió que permitiera que los presos excarcelados se quedaran en Cuba. Aparentemente el ministro español tampoco le pidió a Raúl que permitiese asistir a la universidad a los hijos e hijas de los presos políticos, ni que sus esposas puedan reincorporarse a los empleos de los que han sido cesadas.

La situación en la isla tiene que ser muy difícil para que el régimen tome esas míseras medidas. Hasta ahora, los acólitos del castrismo sólo podían mencionar como logro de dos meses de conversaciones de la Iglesia con el general, el excarcelamiento de un preso político y “el traslado de doce a sus provincias de residencia”. Es decir, el traslado de presos de cárceles distantes de sus hogares donde se dificultan las visitas de sus familiares a cárceles en sus provincias de residencia.
Pero antes de darle todo el crédito al ministro y al cardenal, es necesario traer a colación otro dato que provocó las críticas de la comunidad internacional: la muerte en una huelga de hambre de Orlando Zapata Tamayo, preso político que se declaró en huelga de hambre pidiendo mejores condiciones para los presos políticos cubanos. El régimen le dejó morir en sus últimos días, negándole el agua. Zapata Tamayo murió después de 30 días de huelga de hambre, a pesar de las conmovedoras llamadas al exterior de su madre que hizo todo lo que pudo para salvarle la vida.

El régimen detuvo a varios disidentes que trataban de asistir a su entierro, y amenazó a su madre porque se atrevió a culpar a las autoridades por su muerte.
Otro cubano, el ex preso político Orlando Fariñas, se encontraba al borde de la muerte en otra huelga de hambre cuando el ministro Moratinos visitó la isla, pero el ministro español no tuvo tiempo para visitarlo.

El régimen promete excarcelar a 47 más en los próximos meses. Pero, ¿cuántos otros cubanos ingresarán en las prisiones castristas durante el mismo tiempo dado el alto nivel de la represión política en Cuba? ¿Y qué sucederá con el más de un centenar presos de conciencia, algunos en la prisión por más de 15 años, como Lázaro García Farah, quien ya ha cumplido 17 años en prisión por propaganda enemiga? ¿O Rafael Ibarra Roque, dirigente del prohibido Partido Político 30 de Noviembre, en prisión por más de 16 años? Además, hay presos condenados por “desacato”, por gritar en un momento de desesperación “Vivan los derechos humanos, abajo el Comunismo”; o condenados por “peligrosidad” –el gobierno entiende que usted es peligroso y lo envían a la cárcel; o por propaganda enemiga: tener el libro Rebelión en la Granja de George Orwell, o cualquier libro sobre la transición a la democracia en Polonia o España; o por vender una langosta que usted ha pescado en la costa, pero que es sólo para los extranjeros.

En 1957, el odiado general Fulgencio Batista promulgó una amnistía general de presos políticos, liberando a Raúl y a Fidel Castro, permitiéndoles quedarse en la isla, donde organizaron mítines políticos, dieron discursos por la radio, y escribieron en la prensa de la isla. Quizás sea por eso que los hermanos Castros destierran a la oposición, aunque la oposición ya está en las calles, entre los jóvenes, los activistas de derechos humanos, los blogueros, algunos curas más atrevidos que el cardenal, algunos intelectuales y artistas, y hasta dentro del mismo régimen en la burocracia, las fuerzas armadas y la Unión de Jóvenes Comunistas.

El cardenal y el ministro Moratinos tienen una gran responsabilidad: asegurarse que los presos que el régimen prometió excarcelar lo sean, continuar pidiendo la liberación de todos los presos políticos, el levantamiento del virtual estado de sitio en que vive el país, y apoyar la solicitud de los grupos de derechos humanos que piden que se permita la entrada a la isla al Comité Internacional de la Cruz Roja, a Amnistía Internacional, a Human Rights Watch, y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

¿Y qué decir sobre el ministro Moratinos y el cardenal Ortega?

Moratinos fue a La Habana a buscar argumentos que presentar a los europeos para que levanten las sanciones en contra del régimen. Los presos son una ficha que el ministro tratará de jugar no en beneficio de la libertad sino de la dictadura. Raúl Castro quiere desterrar a la oposición, y el ministro se presta al chantaje. Sales de la cárcel, pero tienes que marcharte de tu país.

También es posible que haya habido otros asuntos en la discusión en La Habana. ¿Cuál fue la respuesta del gobierno cubano a la petición de Moratinos de que las compañías españolas en la isla puedan sacar su dinero de los bancos cubanos donde las cuentas se encuentran congeladas? ¿Cuál fue la respuesta de su homólogo cubano cuando le pidió que se reabra el Centro Cultural Español inaugurado en La Habana por el Rey Juan Carlos, y clausurado después por orden expresa de Fidel Castro, por contener “propaganda enemiga”?

Y al cardenal Ortega, como en la parábola del hijo pródigo de regreso al hogar después de una larga ausencia: en buena hora se ha decidido a participar más activamente en la lucha por los derechos humanos. Ojalá que Dios le dé la fortaleza necesaria para defender la verdad, para no aceptar la intimidación, y que le sea posible buscar fórmulas que alivien el sufrimiento de los cubanos que se han sentido abandonados por la Iglesia a la crueldad, la infamia y la arbitrariedad del régimen.

Frank Calzón es el Director Ejecutivo del Center for a Free Cuba.

La rebelión de los pequeños

Friday, July 9th, 2010

YOANI SÁNCHEZ, Filóloga y bloguera cubana
Lunes , 17-05-10

Los héroes no son -como nos quieren hacer creer- esos que siempre quedan bien en las fotos y tienen biografías repletas de supuestas hazañas. Cualquiera se convierte en protagonista de una época sin quererlo y provoca un punto de inflexión en la caprichosa historia desde un rostro anodino, unas manos temblorosas o una voz impresentable para las tribunas. Lo ocurrido en las últimas semanas en Cuba confirma cuán prescindibles son los salvadores carismáticos si las diminutas personas de una sociedad se deciden a no esperar por ellos. El hormiguero que componen los inconformes parece haber entrado en ebullición en esta isla y -lo más novedoso- ya no bastan las represalias y los castigos para calmarlo. La rebelión de los pequeños mina un sistema hecho a lo grande, destiñe un proceso político que ha querido mostrarse durante cinco décadas con los colores encendidos de la utopía.

Es cierto que las calles de nuestras ciudades no se ven llenas de manifestantes con carteles, pero tras las persianas de las casas los susurros de insatisfacción han crecido varios decibelios. Son esos seres anónimos quienes con un mohín de desagrado, un aplauso sin la energía de antaño y un comentario ácido sobre el curso de la situación están horadando un poder afincado en la inercia y el miedo.

Algunas de estas expresiones de desilusión ganan también el espacio de las aceras, las oficinas, los viejos autos colectivos en los que una parte de la población se transporta. Las razones para tanta frustración radican no sólo en la gravedad de los problemas cotidianos, sino en la falta de expectativas para solucionarlos. Los cubanos estamos sumidos en la ineficiencia estatal, en una crisis económica ya crónica y en la falta de transparencia con el manejo de los recursos públicos. El soborno se ha instituido como método para saltarse las trabas burocráticas y la corrupción ha hecho metástasis en todas las esferas de la sociedad. A nuestro lado campean libremente el nepotismo, el beneplácito popular al mercado negro, la pérdida de confianza en las instituciones y el llamado «sociolismo» que crea una red infinita de favores y compromisos.

El deterioro progresivo ha desengañado incluso a quienes hace un par de años presenciaron ilusionados el ascenso de Raúl Castro a la presidencia. Apostaban por el hermano menor como la figura capaz de insuflar pragmatismo y eficiencia a un sistema sostenido sobre prohibiciones absurdas, excesivos controles y una inoperante estatalización. Para muchos de estos convencidos raulistas, la indecisa y torpe gestión del General les ha llevado a concluir que la revolución, el proceso, esto, o como cada cual quiera llamarle, consumió hace décadas su combustible inicial y agotó cualquier vestigio de iniciativa renovadora. Los nombres de quienes hasta hace poco aplaudían y prestaban su prestigio para sostener el status quo han comenzado a ser asociados con la crítica y la decepción. La revuelta de los propios, podría llamársele, si no fuera porque nos queda la duda de si algún día realmente creyeron en lo que decían.

La lenta pero creciente insubordinación de los individuos ha cobrado más fuerza entre los sectores opositores y críticos al Gobierno. Desde finales de febrero el descontento alcanzó niveles difíciles de manejar por la Policía política a raíz de la muerte de Orlando Zapata Tamayo. El lamentable deceso de este holguinero de 42 años ha funcionado como un elemento aglutinador de los inconformes, como el punto de confluencia que tanto habían tardado en encontrar los disidentes. Con el recrudecimiento de los mítines de repudio contra las pacíficas Damas de Blanco, las detenciones arbitrarias y la intolerancia del discurso político, quedó al descubierto la desesperación de las autoridades, que han optado por reactivar los oxidados mecanismos de la coacción. A los trabajadores y estudiantes se les distribuyen orientaciones para enfrentar actos contra el proceso revolucionario y a los militantes del partido comunista se les previene de posibles agresiones internas y externas. Este reforzamiento de la agresividad y de la violencia contra el que piensa diferente apunta a un nerviosismo institucional de impredecibles consecuencias. En lugar de aperturas económicas y políticas, Raúl Castro ha seleccionado las trincheras ideológicas para mantener el poder.

En la arena internacional muchas voces han pasado de la loa al insulto, del silencio a la crítica contra el Gobierno cubano. La rebelión de los ciudadanos tiene así varias orillas desde las que miles de dedos señalan a una gerontocracia enfundada en verdeolivo. Una campaña condenando la muerte de Orlando Zapata Tamayo y exigiendo la liberación de los presos políticos ha obtenido más de 50.000 firmas, mientras la Plataforma por Cuba agrupa a decenas de rostros de la intelectualidad española en un enérgico llamamiento a poner fin a una dictadura «feroz y dolorosa». Las muestras de solidaridad nacen no sólo de los individuos -héroes de esta jornada-, sino que cobran cuerpo en instituciones, parlamentos y organismos internacionales. Cuba es hoy no sólo la preocupación de sus habitantes y de sus exiliados, sino tema también de eventos -a la manera del organizado en estos días por la FAES- que convergen en la necesidad de que la isla discurra hacia la democratización y lo haga de la manera menos traumática para sus habitantes.

Aunque la historia se mueve a su ritmo -desesperante para muchos-, una rebelión de los pequeños, de los inconformes y los segregados, intenta darle hoy un nuevo compás en esta isla. El hombre que enflaquece sin probar comida sobre la cama de un hospital, la mujer vestida de blanco que recorre las calles con un gladiolo o el académico que echa a circular un correo electrónico con sus críticas son los héroes de este momento. A sus rostros quizá no se les da bien el encuadre de una foto, sus voces desafinan frente al micrófono y el estremecimiento sacude sus manos cuando están en público, pero sin dudas son los protagonistas del cambio en Cuba. Diminutas hormigas que están horadando desde abajo un muro que ha tardado cincuenta años en levantarse.

Llamadas perdidas

Friday, July 9th, 2010

PARA rebajar la tensión en el país, desviar las luces de los reflectores y ganar tiempo, que es la única buena cosecha de las dictaduras totalitarias, los gobernantes de Cuba le han pedido ayuda a Dios. O, por lo menos, a sus representantes oficiales en La Habana. Y ellos le han tendido la mano.

Así es que, desde hace dos semanas, las conversaciones entre la Iglesia y el Estado salieron a compartir el escenario de la Isla junto a las caminatas dominicales de las Damas de Blanco, la huelga de hambre del periodista Guillermo Fariñas, los informes diarios de las violaciones de los derechos humanos y la vida miserable y peligrosa que llevan en las cárceles 195 prisioneros políticos.

El diálogo, santificado con fotos y una nota de prensa en los medios de propaganda, creó una atmósfera de esperanza en los familiares de los presos porque, con mucha prudencia y palabras medidas mediante el uso de un instrumento leve , se llegó a hablar de liberaciones, traslados de los más enfermos a hospitales y acercamientos de algunos hombres a centros penitenciarios de las provincias donde residen.

Las Damas de Blanco recibieron con satisfacción las noticias de la presencia de la Iglesia como interlocutora de un gobierno que sólo habla delante de los espejos, aunque algunos ciertos sectores de la oposición interna consideraron, desde el primer momento, que la reacción de los carceleros sería mezquina.
Hasta el día de hoy se han realizado seis movimientos de prisioneros para acercarlos a sus lugares de origen. A uno de ellos, le dieron la bienvenida en su nuevo destino con una reclusión por tiempo indefinido en una celda de castigo.

Nada más. De las promesas soñadas o reales que se dejaron ver después de las conversaciones queda el recuerdo. Fue un sobresalto, una maniobra de entretenimiento porque todos siguen tan presos como antes. Un calabozo mide lo mismo en Pinar del Río que en Santa Clara. Los presos enfermos no se han movido de sus literas de cemento o de las salas de penados. Y no dejan de salir denuncias de malos tratos, penurias y humillaciones en la cordillera de cárceles que atraviesa el país.
Para echarle otra pala de tierra a la fantasía, esta semana la policía arrestó a 38 disidentes que pretendían reunirse en La Habana para examinar la situación de los presos y otros asuntos de actualidad, incluido el desastre de economía nacional y sus efectos en la ciudadanía.
Los esfuerzos se han hecho pero los teléfonos de Dios no tienen cobertura para ciertas llamadas.

En recuerdo de los Hermanos al Rescate

Friday, July 9th, 2010

El 4 de Julio es un día en que el pueblo norteamericano celebra la dicha de vivir en una sociedad libre y democrática. Un día en que recuerda a los hombres y mujeres que ofrendaron su vida para lograrlo.

Soy la madre de Carlos Costa, un joven norteamericano, activista por los derechos humanos; creyó en los derechos humanos, y la dignidad del hombre. Carlos fue asesinado el 24 de febrero de 1996, en un día claro, cuando pilotaba un pequeño y desarmado avión Cessna, en aire internacional, en el Estrecho de la Florida, mientras buscaba refugiados en el mar que huían de la dictadura castrista. Los MiGs, aviones de guerra de Fidel Castro, cometieron aquel acto de barbarie, y el presidente Bill Clinton y su secretaria de Estado, Madeleine Albright prometieron que EEUU no descansaría hasta que se hiciese justicia.

Este 4 de de Julio, cuando honramos a los héroes norteamericanos, vale la pena recordarle a nuestro gobierno la impunidad que disfrutan aquellos asesinos, y otros terroristas responsables por muertes similares.

Cuando las terroristas creen que pueden matar sin ser castigados, peligran más vidas.

Raúl Castro, gobernante cubano, fue el ministro de las fuerzas armadas que ordenó a sus pilotos asesinar a cuatro seres humanos: Armando Alejandre, ciudadano de Estados Unidos que sirvió en las Fuerzas Armadas en Vietnam; Mario de la Pena, y Carlos Costa, que nacieron en EEUU; y Pablo Morales, residente legal de este país.
A pesar de las declaraciones de Clinton y de otros funcionarios , los nombres de los asesinos no han sido enviados a la Interpol.

El 30 de Junio pasado, la Comisión de Agricultura de la Cámara aprobó legislación para expandir el comercio con Cuba. ¿Cómo es posible, que el Congreso discuta las restricciones al turismo con la isla y otros asuntos que tienen que ver con la política de EEUU hacia Cuba, sin tener en cuenta que la Habana continúa dándole refugio a terroristas, que el régimen continúa en la lista de países que ayudan al terrorismo, y que los hermanos Castro otorgaron unas medallas a los asesinos por el crimen que cometieron aquel día? Quizás las madres que lean esta carta se unan a mí, pidiéndole al presidente Barack Obama que envíe los nombres de los asesinos de mi hijo a la Interpol.

Que Dios bendiga a EEUU y al pueblo norteamericano.
Mirta Costa
Miami, FL

Release all political prisoners

Friday, July 9th, 2010

Frank Calzon

Read this article in the Miami Herald

Re Cuban Cardinal Jaime Ortega’s announcement that five political prisoners were being released by the Cuban regime and 47 others will be released within the next few months:

It is always good when political captives are released. It is encouraging that after all these years, Cardinal Ortega bears witness to the suffering of the Cuban people.
It is discouraging, however, that Raúl Castro’s government is not releasing immediately, as requested by Amnesty International, the 47 prisoners mentioned by the cardinal. All of them are Amnesty International prisoners of conscience, and none of them engage or advocated in any acts of violence.

Besides the 52 prisoners mentioned, there are about 200 other Cubans in prison for “crimes” that are not criminal offenses in the civilized world. From “dangerousness,” meaning the person has not committed any crime, but is believed by the regime to be inclined to do so, to “propaganda enemiga,” which includes the possession of books such as George Orwell’s Animal Farm or speaking in support of sanctions against Havana by the European Union or the United States.

In 1957, the hated dictator Fulgencio Batista released all political prisoners, including Fidel and Raúl Castro, and allowed them to remain in Cuba and reinsert themselves into Cuba’s civil society. The government of Raúl Castro is not releasing all political prisoners, and for many of those who, hopefully, will be released, it will be on the condition of going into exile.

The Center for a Free Cuba calls on the international community to continue pressuring the Cuban regime to release all political prisoners, including Alan Gross, an American in prison in Cuba since December for giving a laptop and a cellphone to Cubans. The international community should also insist that the Cuban government allow the International Committee of the Red Cross, Amnesty International, Human Rights Watch and the Inter-American Commission on Human Rights to visit the island.

Should We Ease Curbs on Travel to Cuba?

Friday, July 9th, 2010

Read this article in the New York Times

Re “House Panel Votes to Ease Cuba Travel Restrictions” (news article, July 1):
Representative Collin C. Peterson, the chairman of the House Agriculture Committee, says American travel to Cuba would “show the Cuban people how great democracy can be.” But that is not the point.

Cubans know what democracy is. But under totalitarianism, people do not have the means to realize their dreams: almost two million Cuban exiles have fled to democracies. Despite Cuban government censorship, they have learned about democracy from their relatives in exile and American pro-democracy programs.

As a former chief of the American mission in Cuba, and a retired career Foreign Service officer who traveled extensively throughout the island, I’d like to point out that the Cuban security forces control the tourist industry, that most Americans don’t speak Spanish well enough to have any meaningful conversation about democracy, and that most Cubans speak only rudimentary English.

Supporters of the bill say that travel will benefit the regime, but that it will benefit the people more. But the security apparatus keeps ordinary Cubans away from tourists while keeping the tourist dollars, prohibiting even hotel employees from meeting with tourists outside the hotels.

There is no trickle-down of tourist dollars, except to the ruling class. Most foodstuffs needed for tourists are produced abroad, not by Cubans. Unlike places like Mexico and Jamaica, few Cuban handicrafts are available, and Cubans who dare to produce items outside of government strictures are persecuted.

I urge Representative Peterson to ask Havana to release all 200 political prisoners, not just the 52 Cuba has said it will release (news article, July 8), and allow them to stay in Cuba if they wish, before we even consider releasing millions of tourist dollars into Cuban government coffers.
And let’s not forget Allan Gross, in Cuban prisons since December 2009 for talking about democracy to the Cubans.

James C. Cason
Coral Gables, Fla., July 8, 2010

The Revolt of the “Little People”

Friday, July 9th, 2010

Yoani Sanchez

Heroes are not—as some would have us believe—people who look good in photographs and whose resumes are chock-a-block with supposed accomplishments. Quite ordinary people can sometimes become protagonists in a given historical period without seeking to do so. History sometimes opens space for people of ordinary aspect, trembling hands, or a voice unsuitable for the public square. The events of the last few weeks have shown just how dispensable are charismatic saviours when the “little people” of society decide not to wait upon them. The multiplication of nonconformists seems to have accelerated on this island—and what is newer still—repression and punishment seems not to have reversed the process. The rebellion of the little people is undermining a system constructed on a grand scale, washing away the vivid colors of utopia with which it fascinated the world for five decades.

It’s true that in the streets of Cuban cities one cannot observe demonstrators carrying protest signs, but behind shuttered windows and locked doors the whispers of dissatisfaction have risen by various decibels. We speak here of anonymous individuals whose private observations on the current situation are threatening a political system based on inertia and fear.

Some expressions of disillusionment are finding their way also onto sidewalks, in offices, in old automobiles converted into collective taxis. Increasing popular frustration is fed not only by day to day problems, but also the evident lack of any expectation that they will be addressed or resolved. We Cubans are trapped in a system of planned inefficiency, in an economic crisis which has reached chronic proportions, and alack of transparency in the management of financial resources. Bribery has become the preferred method of cutting through bureaucratic red tape and corruption has grown exponentially at all levels of society. Nepotism competes freely with the black market. The loss of faith in institution has encouraged the creation of a political economy based on favors and private deals.

This progressive deterioration has disillusioned even those who a couple of years ago pinned their hopes on the assumption by General Raúl Castro of the presidency. In Fidel’s younger brother they professed to see a figure capable of infusing a needed dose of pragmatism and efficiency into a system characterized by absurd prohibitions, excessive controls, and the dead hand of authority. For many of these formerly convinced raulistas, the indecisive and artless leadership of General Castro has forced them to conclude that the Revolution—process, whatever you choose to call it—devoured its initial source of subsistence some decades ago and has lost even any vestigial possibility of renovation. The names of various public figures who until quite recently applauded and lent their prestige to the status quo have begun to be associated with disappointment and even criticism. One might call this the revolt of the true believers were it not for the fact that we have reason to wonder whether they truly embraced the faith in the first place.

The slow but gradual insubordination of citizens one by one has obviously been more apparent among sectors openly opposed to the government. Since the end of February popular discontent reached levels that challenged the capacity of the political police. I speak here of course of the death of Orlando Zapata Tamayo. The passing of this 42 year old man from Holguín has proven to be a catalyst for opposition groups and also a force for convergence and encounter among many who formerly had kept their distance. The growth of “acts of repudiation”—physical harassment, really—against peaceful demonstrations by the Women in White, the arbitrary detentions, and the intolerant tone of political discourse, has suddenly revived the government’s rusty mechanism of mass mobilization. Workers and students are given detailed instructions on how to confront acts deemed contrary to the revolutionary process. Militants of the Communist Party are warned against acts of subversion from within and without. This racheting up of aggression and violence against those who happened to think differently betrays an institutional failure of nerve with unpredictable consequences. Instead of initiating political and economic openings, Raul Castro has chosen to barricade himself behind ideological ramparts.

In the international arena many former friends of the Cuban Revolution have moved from support to silence and then to open criticism. The rebellion of a few Cuban citizens has been shown capable of making waves in places far from the island. A campaign condemning the death of Orlando Zapata Tamayo and demanding the release of all political prisoners has gathered 50,000 signatures, while in Spain the Platform for Cuba has brought together dozens of outstanding personalities from all walks of cultural life, demanding an end—as they put it—to a “ferocious and painful” dictatorship. Solidarity comes now not only from individuals—praiseworthy though they may be—but also from institutions, parliaments, international organizations. Cuba today inspires concern not only on the part of its own citizens or its exiles but encourages events and meetings in many countries calling for democratization of the island and in the least traumatic way possible.

Although history moves at its own pace—no doubt frustrating for many—a rebellion of the little people, of non-conformists, of the excluded, is attempting today to give the island a new direction. A man who literally starves himself to death in a hospital, turning away all nourishment, or a woman dressed in a white dress who marches quietly in the street with a gladiola in her hand, or an academic who sends an email full of criticism—these are the heroes of the present moment. Their faces may not be familiar to newspaper readers, their voices may hesitate before the microphone, their hands may tremble a bit when they appear in public, but they are the true protagonists of change in Cuba. They are tiny ants undermining from below a wall that far more than fifty years was due to fall.
[Translated from the Spanish by Mark Falcoff]

Dropped Calls

Friday, July 9th, 2010

Raul Rivero

To lower tension in the country, deflect the glow of arc lamps, and gain time, Cuba’s leaders have suddenly called upon God for help. Or at least, help from his earthly representatives in Havana. And the latter have extended their collective hand in return. Thus two weeks ago the converation between Church and State suddenly shared the stage with the Sunday protest walks of the Ladies in White, he hunger strike of the journalist Guillermo Fariñas, the daily reports of violations of human rights, and the wretched, dangerous existence led by 195 political prisoners in Cuban jails.

The new Church-State dialogue, the subject of fulsome photographic coverage in the press and other government controlled media outlets, created and atmosphere of hope among family members of the prisoners, because–with considerable prudence and oblique suggestions–this led to talk of transferring the sickest of the prisoners to hospitals and the move of others to places of confinement nearer to their homes.

The Ladies in White greeted news of the Church-State dialogue with satisfaction, although in general the government prefers to talk to itself rather than others. Certain sectors of the internal opposition believed from the first moment that the ballyhooed conversations would go precisely nowhere.

To date six prisoners have been moved to facilities closer to their homes. One of these received a harsh welcome at his new jail–consignment to solitary confinement.
Nothing more has happened. All that remains of the hopes and illusions provoked by the conversations isa fleeing memory. It was a gymnastic exercise, a diversion, if you will, because all of the prisoners remain exactly where they were before. A jail in Pinar del Rio is the same as one in Santa Clara. The sick prisoners have not been moved off their cement beds or released from their maximum punishment cells. And there has been no end to complaints of ill-treatment and humiliation all along the archipelago of prisons that characterizes Cuban geography nowadays.

To strike down the fantasy of fourteen days ago yet further, the latest news is the arrest of 38 dissidents in Havana who were presumptuous enough to meet to discuss the situation of the prisoners, as well as other issues, such as the national economic disaster and its effects on the citizenry. Efforts have been made, but God’s telephones apparently do not receive collect calls.


Free Counters
Free Counters